Ella

 

Entonces, a tropezones, ella salió corriendo, con la mente cerrada a los gritos que le ordenaban volver, después de la cuarta  –¿o quinta?– pelea con él ese día.

Llevaba la cabeza hecha un mar de confusiones, de ilusiones rotas, destrozadas a fuerza de golpes, de discusiones, pero con una idea fija: no quería volver a verle nunca más.

Pero, ¿Acaso no le amaba todavía? ¿No esperaba con ansia el momento de verle entrar por la puerta de ese lugar al que llamaban hogar, por el que ambos habían luchado a brazo partido? ¿No pesaba todo ese amor en su decisión? Se detuvo de repente en medio de la noche, y sintió el delicado aliento de la obscuridad respirándole en la nuca.

Por un momento vaciló.

Súbitamente resintió todo el peso de su ciega huida –enceguecida por la sangre que manaba de su frente–, todo el peso de su vida perdida, y se negó a ser la única responsable de ella. Si había soportado todos esos años bajo esa absurda dominación fue por amor, y ahora, por ese mismo amor se liberaría de la carga, liberándole a él también. Empezó a desandar el camino, y al acercarse a su casa vio puertas y ventanas abiertas, y luces encendidas, pero nadie adentro.

Pasó al interior y comenzó a ordenar, a poner las cosas en sus lugares, en los lugares que les asignaron juntos, reprimiendo el deseo de hacer trizas todo. Sintió la tensión de una vida completa sobre sus hombros. Al estarse aseando, escuchó el auto entrar al garaje. Con ansiedad creciente le oyó cerrar la puerta del coche y entrar en silencio a la casa. Se escucho interrogándolo como entre bruma:

–¿Dónde estabas?

–Salí a buscarte, me quedé preocupado porque te fuiste.

–Bueno, ya estoy aquí, vamos a dormir.

–No debiste salir corriendo…

–Olvídalo, ya pasó.

Mientras hablaban se habían ido desvistiendo y estaban ya acostados.

Al apagar la luz, rodear el suave y delicado cuello de ella, y besarle en la frente como cada noche, él comprendió de un sólo golpe por qué está ocasión no hubo ni sollozos ni reproches, mientras sentía el frío acero introduciéndose suavemente –demasiado lento, con mucho cariño– entre sus costillas, sumiéndolo junto con los años de gritos, golpes y amenazas constantes en una agradable quietud. Y al estarse desangrando al lado de él en su lecho de muerte común, ella pensó agradecida que el sueño había terminado.

Aunque a punto de entrar para siempre en la dulce negrura todavía alcanzó a escuchar que le decían que no, que esto era sólo el principio.

 

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