Acoso Escolar (bullying)


Ayer por la noche en una agradable charla de café con una amiga y su hermano platicábamos acerca de este azote de nuestros días, una plaga bíblica que aqueja a nuestros jóvenes, inicio y final de todos los males habidos y por haber, enorme daño generado por esbirros del demonio…

¿O no?

Veamos. Cuando yo era niño existían también en el salón los compañeritos más altos o más fuertes que tú. También te daban tus coscorrones y te quitaban el dinero o el almuerzo que te mandaba tu mamá. También te decían el famoso “te espero a la salida”. También te aventaban la mochila y te robaban los colores caros que tu mamá te había comprado en Liverpool. Pero al final de la historia también eran niños. Mal orientados pero niños. Nunca he sido partidario del hermoso arte del patín y el trompón, de hecho soy bastante malo para eso, y muy sacón además. Sin embargo eso no fue obstáculo para que me le pusiera al tiro a algún malvado de esos, y en alguna ocasión me batiera en duelo de honor por aquellos colores rotos o la torta robada. Y en un par de ocasiones, organicé a los agredidos y entre varios le pusimos un estate quieto al agresor en cuestión, por medio de una sutil invitación grupal a dejarnos en paz o atenerse a las consecuencias.

“- ¿Quién mató al acosador?
- Fuenteovejuna, señor!”.

Hasta aquí todo normal, hubo acosadores, hubo acosados, algún material escolar roto y uno que otro sandwich pisoteado. Collateral damage, they call it.

¿Han escuchado hablar so far de algún maestro o alguna mamá interviniendo en el hermoso y democrático proceso de partirse la madre por unas tortas? ¿No? Eso pensé. Porque no lo he dicho.
Verán, mi madre resumía su filosofía a ese respecto en dos elegantes y sustantivas frases que citaré a continuación: “De la cárcel te saco pero del hoyo no” y “A la cárcel te iría a sacar, pero en el hospital te quedas por pendejo”. Muy llegadoras las frases, y aunque tenían un dejo de incitación a la violencia irracional, no lo hacían, ya que iban precedidas por la quintaesencia de la convivencia humana: “Nunca pegues primero, pero si te atacan chíngalos”.

Hasta ahí la historia. Creo. Mmm, no, pienso que después de eso debo resaltar que la inmensa mayoría de esos niños crecimos, nos desarrollamos, estudiamos más o menos, hemos sido exitosos o no, algunos han muerto, otros seguimos aquí dando lata, pero de los vivos no conozco a ninguno que hoy por hoy esté aún lamentándose de aquellos días en que era víctima de acoso, o acosador. Todos lo superamos porque fue parte de una hermosa edad y una hermosa época en que jugábamos en la calle con bicicletas, balones de fútbol, bats y pelotas de baseball y otras cosas, pero sobre todo con personas de carne y hueso que nos hacían crecer y madurar, niños y niñas con los que conocimos amistad, amor, desamor, trifulcas, compañerismo, pasión por lo que hacíamos y otras cosas por el estilo. En resumen, conocimos la vida.

Ahora, en el panorama actual, tenemos una tendencia que consiste en tratar de arreglar todos estos asuntos por medio de visitas al terapeuta, pláticas de la mamá con las maestras y directivos de las escuelas, amenazas de ir a la CNDH y cosas por el estilo. Me queda muy claro que son otros tiempos, los escuincles pueden llegar a ser más cargados, más manchados, pero aunque los hay, no son la regla sino la exageración, por lo que seguiré tratando el problema de el acoso como el mismo que existía en mis días. 
Es en ese contexto que me atrevo a decir que las reacciones actuales a un fenómeno que lleva toda la vida existiendo son exageradas y que lejos de ayudar a los chamacos a madurar los convierten en unos seres perennemente dependientes de ayuda externa para solucionar sus problemas, o sea, en unos paralíticos emocionales sin capacidad de responder a los estímulos, ni de resolver problemas personales por su propia iniciativa. No terminamos de entender que la selección natural se encarga de ir depurando a los seres vivos (o seres sociales, en este caso) que no se adaptan a las exigencias que les impone el medio ambiente en el cual se desenvuelven, así como de ir haciendo más capaces a los que si logran dicha adaptación. En otras palabras, los peces grandes se comen a los peces chicos.

El punto al que quiero llegar es el siguiente:

Señora, deje de criar víctimas, quisiera verla yendo a la oficina a ayudar al hijito que no sabe defenderse por si mismo de la compañera bully, ya que usted siempre le resolvió el asunto de la torta robada.                                                                                     ¿Qué hará usted cuando el bully sea el señor del cual depende su permanencia o no en una organización laboral? ¿Qué hará usted cuando el bully sea el nefasto contador que no le quiere recibir sus comprobantes de gastos, y su nene no sepa negociar ni llegar a acuerdos? ¿Ir de nuevo con el director? En el mundo empresarial no es tan fácil ver al director, porque allí el es quién le paga a su nene por trabajar y dar resultados, no usted a ellos por educarlo.

Sintetizo ahora con esto, piénselo.
No incite a la violencia, pero deje al nene resolver sus asuntos, poniendo límites.

He dicho 

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