A correr.

 

Lo escribí en la versión anterior del blog, pero es un punto tan medular de mi existencia que debo ponerlo de nuevo.

A mi no me gusta correr. De hecho lo odio. Odio ir a dejar a mi hijo a la escuela a las 6:35 am y de ahí pasarme al parque o a cualquier otra ruta para correr. Odio el frío y la neblina. Odio el moco escurriendo de mi nariz. Odio a los güeyes que sacan a pasear a sus perros sin correa. Odio a los perros sin correa que me persiguen. Odio los tríos de amigos que salen a correr a paso inferior al mío y ocupan todo el ancho de la pista valiéndoles madre que vaya a pasar. Odio al viejito que corre en contrasentido. Odio a la viejita que a sus ¿60? años cubre una mayor distancia y a mayor velocidad que yo.

En fin. La lista podría seguir y seguir, pero me detendré ahí para puntualizar: Lo que más odio de salir a correr, es cuando no salgo.

Verán. Soy un ser totalmente extraño. Mi vida transcurre en una dicotomía perpetua y perfecta, en una extraña separación entre mi total apatía y desapego a todos los asuntos de la vida, y una ansiedad terrible por sobresalir, por no ser “uno más”.

¿Trastorno de personalidad? Quizás. ¿Esquizofrenia? Posible, pero no probable. En apariencia soy el más sociable, el más listo, el más lo que ustedes quieran, pero en mi fuero interno soy dos, un espectro inmóvil, por completo indiferente a todo, apático tanto a causas como a efectos, y a la vez un exigente observador, un crítico acérrimo de mis propias experiencias.

Por lo tanto, la vida se ha transformado en una lucha, una constante pugna entre dos entes: El “no sólo no quiero hacer nada, sino que no hago nada” y el “ya párate a correr cabrón”.

Una vez que esto queda aclarado, sigo con la idea: Odio correr, pero odio más cuando no salgo, porque es entonces el apático, el (absolutamente) indiferente el que toma la decisión, el que con su no hacer obtiene el triunfo, haciendo (obvio) nada.

Salgo a correr porque es la manera que tengo de mantener a raya al tipo de la oscuridad, al sombrío pasajero que anida en mi conciencia, salgo a correr para probar que aunque no se quiere, se puede. Salgo a correr porque tengo miedo de que esa parte oscura de mi interior me alcance, salgo a correr para huir de mi mismo.

Y a veces lo consigo.

Y el resultado me hace feliz.

 

 

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